viernes, 27 de marzo de 2020

VOLVER A CASA

Otra vez me ha dado por imaginar, imaginar que el cuerpo es una nave espacial en la que viajamos desde algún otro universo hasta la vida, imaginar que el cuerpo es el vehículo, y algo dentro (yo), el conductor.
Mi cuerpo-nave me lleva de un lado a otro descubriendo el mundo al que he llegado. Casi todo lo miro a través de las ventanas de mis ojos, y de mis sentidos, que dan información a los controles principales: el pensamiento (invisible energía creadora), y el sentimiento (sólo perceptible para quien te conoce y sabe los mínimos movimientos de tu rostro), y algo MÁS, algo que guía, algo que algunos llaman instinto (no en su forma degradante, sino en su sagrado sistema de conexión con otras realidades, realidades superiores…).

Y en ese viaje mental, gracias a la “vera imaginatio”, veo que la nave es el instrumento para la experiencia, que la vida a la que he llegado por mediación del cuerpo es toda ella un alto contenedor de sensaciones (agradables o desagradables, y con esto se ganan a pulso el adjetivo de bueno o malo, porque o las quiero o las rechazo), sensaciones y experiencias que se viven gracias al intrincado sistema de vasos comunicantes entre lo que soy y la nave espacial.
El articulado puente entre mi nave y yo hace que a veces me confunda y funda con la nave, incluso ese fundirse es parte del sistema de avance por el mundo... Un sistema de avance arriesgado para la tranquilidad del piloto, que no debería olvidar (pero olvida) que si se estrella la nave, no se pierde él mismo, sólo pierde la nave. Porque no somos la nave. No hay que olvidarlo, no somos la nave, y la muerte de la nave no es nuestra muerte, ni siquiera es muerte, la nave vuelve a su casa de elementos, y a nosotros nos rescata del encontronazo una mano que nos devuelve intactos al universo del que veníamos, aunque… he dicho mal, no volvemos intactos, volvemos con el cargamento de experiencia lleno (o medio lleno, o vacío si nos hemos creído más nave que piloto).

El caso es que, aunque el "afuera" parezca tan poderoso, sólo es el dador de realidades, que en la nave pueden ser trasformadas y, en el mejor de los casos, si el piloto ve que viene una tempestad, asegura las velas; si llega la calma, pone el sistema automático; si se anuncian paisajes de ensueño, aplicadamente los sueña; si sabe que vienen horrores, suspira muy hondo para retener al alma dentro, (que tanto horror puede llevarse al alma, no hay que dejar escapar al alma, si se aleja nos quedaremos solos, sin rumbo, el alma es rumbo, es el radar que el piloto no debe olvidar en su viaje por estas latitudes), y con el aire de la vida adentro, el piloto atraviesa las oscuras distancias por las que su nave avanza.

El caso es comprender que todo ese "afuera" que contemplamos desde la hondura de nuestro asiento de conductores (que lo mejor es no dejar que otros piloteen desde quién sabe qué rincón del mundo NUESTRA nave), todo ese afuera provee la materia prima para la experiencia, es el surtidor de imágenes por las que avanza la nave.

Que la nave es un prodigio, ni quién lo dude, un prodigio de ingeniería celeste, obra sólo posible por algún tremendo y gran artesano que algunos llamamos Dios. Pero la nave no es sino un vehículo de lo que hondamente somos, nos contiene sí, y mucho del trabajo de la vida está en discernir eso que parece que somos porque el espejo nos insisten en que la superficie y lo visible son certezas, contra lo que en la hondura es inmortal y anhela volver a casa, a la casa de la que salió un día, hace mucho, cuando quién sabe qué destino nos subió a la nave.

27 03 2020



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