Acto de contrición luminista

V



Ah, los saurios intelectuales… qué ingenuamente críticos,  observan a la gente "común" en su cotidiana esencia de muchedumbre, entramado de oficios y pequeñas artes y burocracias y rutinas, parcelas de la vida juzgadas por ellos -tan superficialmente- como horizonte por donde es imposible que se cuele la maravilla. Ah, algunos cultos, pomposamente críticos de la multitud, multitud sinestesiada en una bola de nieve, sin muchos medios para desprenderse de la inercia del ruedo, afines por las circunstancias más bien a girar, pesadamente, cuesta arriba  -por efecto del castigo de Sísifo- y luego cuesta abajo, cotidiana, diariamente. Qué ingenuos los que nos atrevemos a juzgar el sino de las ¿hormigas obedientes? desde un falso protagonismo de cigarras, parece que atisbamos desde un impostado Olimpo, creyéndonos poseedores de una "suerte" de "sabios", de "cultos" de "informados" de "artistas"; ¡ay, los cultos, los letrados, los que leemos, los que estudiamos…! armando y desarmando el mundo con palabras como un juego de piezas, literaturizándolo todo, o pintándolo en murales coloridos a juego con la moral gubernamental en turno, usando a la masa como leitmotiv estético, moda universal afín más bien con los postulados para ganar grandes concursos, premios…, pero, cuán lejos de comprender realmente el inevitable estanco de los personajes reales que aparecen en libros, cuadros, documentales, películas, productos colocadas en el pedestal del voto unánime de unos pocos, qué poco merecemos en el fondo un premio si no miramos compasivos el sino inevitable de los que se volvieron el objeto de estudio, de crítica, de análisis, de ficcionalización, y lo peor, qué poco vale cualquier esfuerzo académico si los implicados no deciden  usar las herramientas adquiridas gracias al "elevado rango cultural" alcanzado para ayudar (inútil rango si no sirve para ver REALMENTE cómo sacarlos de la bola de nieve, de la masa con levadura que los contiene, empresa ¿imposible?, ¿posible?) Y en las escuelas… laboratorios eficaces donde se reproduce el modelo mental: en las escuelas públicas rifan unos modelos, en las particulares otros, todos diseños exteriores, todos velos para lucir en una pasarela las enlatadas conciencias, con sus etiquetas muy bien puestas, sujetas al criterio didáctico requerido, gran democracia la de la ignorancia, en ella están finalmente unificados todos -pobres y ricos- todos los que son masa no por la pobreza -no hablo de eso- sino por la ignorancia que se han ganado a pulso, estudiando ignorancia aún en las universidades más caras… todos, en los mismos envarados paradigmas globales, todos conectados al mismo múltiple libro de texto, alimentados por las mismas fuentes oficiales que cierran toda posibilidad de escape. "Qué lejos me siento del mundo y qué solo..." debe pensar si es sincero el intelectual que accede a un poco de honestidad íntima (con intelectual estoy queriendo hablar de uno que ha logrado grados extraordinarios de cultura, que ha adquirido códigos que le permiten acceder a nuevos niveles de conocimiento, información que requiere de estudios extremos, lecturas constantes, esfuerzos de la mente por asimilar todo lo cultural, y todo eso es bueno, pero…) pero también qué impotencia, el que ha superado finalmente todas las pruebas del saber termina sintiéndose habitante de un edén al que se asiste en casi completa soledad, porque son tan pocos los que entienden los códigos culturales más refinados... es muy pequeño el grupo que habla la misma lengua, pero ¿qué lengua?, lengua marciana para los múltiples hijos de Eva magnificados como  masa, qué pocos son los que pueden participar coherentemente del diálogo entre los que saben esa lengua -cuasi sacerdotal- basada en el poder de la palabra, que en lo profundo es un "don", pero… ¿acaso quien no tiene ese "don", tan cacareado por eminencias, es menos hombre? no.  Hay que descubrir en el chiquero una gracia, una perla, están ahí sin saber que están, los vemos y fruncimos las narices como señorita de casta y gran alcurnia y nos vemos tan mal, más mal... Olemos peor que ellos. Porque nuestra presunción viene de creer que sabemos, creer que sabemos es tremendo materialismo intelectual, que juzga de "ignorantes" al oficinista, al paletero, a la cajera, al mecánico al mesero, al jardinero, a la enfermera, a la que vende las tortas, los tacos, al albañil, al maestro, los juzgamos como viviendo en la grisura...  pero ¿qué grisura más gris puede haber que el de un "solo" que lo sabe TODO?


Mas luego, cuando alguno de ésos, juzgados como grises por la "élite", logra colarse por los umbrales del gehtto y se le ve en alguno de sus tiempos de ocio -bien pocos- con un libro, aparecerá seguramente algún cretino que frunciendo el entrecejo mire el ejemplar con el ceño fruncido diciendo: "que limitados sus vuelos, debería leer "verdadera literatura", ay, ¿por qué criticamos sus intentos... si todos los umbrales para entrar a la lectura y de ahí a la asimilación de otras disciplinas del pensamiento son válidos? ¿no nos hemos enterado acaso de cuántos grandes escritores leyeron en un principio tiras cómicas o novelas policíacas? ¿No somos responsables más bien de guiar que de juzgar ? Que ingenua intelectualidad la que no incorpora el amor y entiende y usa ese don para entablar con el hombre desde el hombre un puente de palabras sencillas, de imágenes que le abran las puertas del reino, sabiendo que quien entra apenas entra... Ya dentro hay tantas moradas, tantos niveles, y ninguno es más que otro, son distintas plataformas para contemplar el mundo, que no se le suba al intelectual ¡por dios! su letra muerta, que no se le suba su latinismo insensible y arcaico, que sirva para asomarse al pasado, no para presumir que se asoma, que todo lo que aprenda y proponga tenga puentes, no para rebajar el conocimiento a presea, sino para volverlo una mano tendida al hermano, pero no mano enguantada, mano franca.
Si cada quien resuelve como puede y le reza al dios que le salva y estudia o aprende lo que se vuelve funcional en su vida, y usa el alfabeto que mejor le va, y las palabras, pocas o muchas, que revelan algo de su interior (si no las tiene será tal vez porque su mirada sus gestos sus actos son mejores palabras que las de un ensayo académico) a nosotros ¿qué?, mejor reservar la crítica creativa, productiva, iluminadora para los que solicitan ayuda para acceder a la patria de los libros, y dejemos en paz a los que ya se saben mover bien y sabiamente por la vida sin el diccionario (dije a los que se saben mover "bien y sabiamente", nótese por favor).
Lo único que puede salvar al Intelectual: reconocer esto. Reconocer que en su poder está su debilidad. Que en su presunción está su soledad, que en su mirada altanera están muertos los soles.
El intelectual se salva si se enternece ante los pininos de los neófitos, si mira complacido los intentos del pueblo por cultivarse, se salva si no critica los esfuerzos mal o bien dirigidos, los esfuerzos son ya una nota en la múltiple sinfonía del mundo ¿por qué han de ser sólo para el culto los paraísos y los goces?
El intelectual se salva cuando integra y reconoce TODOS los esfuerzos nacidos de un arte humano interno, no externo, un arte no relacionado sólo con la exposición magistral sino con la magistral intención del alma que usa sus talentos -pocos o muchos-, recibidos en la mesa de los dones. Yo quiero pensar que seremos premiados precisamente por ello, por multiplicar la fortuna que nos dieron, no por andar de criticones mirando lo que otros hacen con lo suyo. Y vaya que a la primera que le digo esto es a mí, criticona contumaz de cualquier descalabro.


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