sábado, 17 de mayo de 2014

Jacinta

Jacinta

Por Ricado Solís
Jacinta, de Yolanda Ramírez Michel, es un texto que (por sus dimensiones) campea entre los límites del relato extenso y la nouvelle. Pero tal cosa no es la única particularidad del libro, constituye también un esfuerzo por ligar algunas cualidades poéticas al estilo narrativo que toma distancia de las características tradicionales de cierta prosa ‘realista’ para, todo indica, imprimir en su probable lector la impresión de contar bajo el imperio de una voz que contempla los sucesos bajo las luces de una imaginación más ligada a lo emotivo que al discurso convencional (aunque lo lineal perviva).
Es en esa voz donde halla Jacinta su cualidad distintiva; planteada (en su mayor parte) desde la segunda persona del singular, el narrador evoca la vida del personaje central (Jacinta) para delinear un trayecto temporal donde ocurren los eventos que signan su vida, aquello determinante que hace de una mujer alguien que sobrelleva estoicamente lo que le sucede, como si se tratase de un compendio de traiciones para quien no se suponía reaccionara de ese modo.
Dicho protagonista no puede tener sino más trágico. En rigor, a pesar de lo que significa la esperanza para quien narra, Jacinta no consigue una liberación propiamente dicha, pero prefigura una historia de desamparo cuya única forma de salvación estriba en aquello de que nos provee la literatura; Jacinta parece una lección de lo que constituye la batalla desigual entre la realidad y la imaginación, teniendo como telón de fondo las vicisitudes del amor en pareja y la familia subsecuente.
No se entra en mucho detalle, el personaje principal es –de todo a todo– el centro de la narración y es el eje simbólico que impone la manera en que debe apreciarse el universo narrativo, condicionado por una desilusión y la esperanza perenne de sublevación que surge del exterior, bajo la forma de la voz narrativa que recoge, como ejemplo, los hechos preponderantes de la vida que relata, cuya importancia resulta evidente (baste notar las imprecaciones con que le interpela).
Quizá, eso sí, Jacinta puede reservarse el acierto de no salvar materialmente a su personaje, si alguna redención tiene es la de mantener en tensión su probabilidad de fuga gracias a un pasado lector; el problema, como a veces sucede, está en el estilo, más próximo a las alocuciones melodramáticas y una prosa que busca su intensidad en frases que delatan de modo evidente una postura frente al maltrato contra la mujer y la necesidad de huir de una situación adversa.
Así las cosas, este relato (no tan breve) puede no constituir una nouvelle en toda su dimensión, pero puede erigirse como una pieza no convencional de una narrativa que a veces se empeña en no parecerlo, ensanchando su distancia referencial y buscando producir en quien se acerque a sus páginas un conjunto de ‘momentos de emotividad’ que, quién duda, algunos lectores agradecen.

Texto tomado del periódico La Jornada
La jornada 10/09/2008

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