Las palabras... (fragmento).

El misterio de la creación poética radica en la aparición del primer verso,
lo demás es buscarle compañía…

Paul Reverdy

Y finalmente la tierra cedió todas sus palabras. Las palabras que germinan con el sol pero dan frutos bajo la luz de la luna; las que zumban sin cesar como laboriosas conciencias; las que viven en el trigo y se transforman por el fuego del trabajo, en alimento; las que denuncian laberintos construidos para encerrar a las víctimas, y consuelan minotauros inculpados por el sistema. Palabras  que tienen escamas y con su pujanza atroz mudan nuestra piel, palabras que calla Dios porque no le corresponden, y son pronunciadas en cambio por el Demonio con total majestad, palabras puntuales con las que despierta un gallo a los hombres del campo; palabras incendiadas por la hoguera de la intolerancia, a punto de renacer en las cenizas de un Fénix. Las palabras que tienen perfil de número pitagórico y las que están contenidas con trazos místicos en una sola letra; las palabras de hondo temor que expresa un dios a su padre antes de morir; las palabras de un templo en ruinas cuando es descubierto por quienes aman intensamente el pasado… palabras misteriosas que inician la fuga en lentas ondulaciones, con gestos rituales… palabras mágicas que fracturan las  más densas rocas,  que empujan un tallo al sol a través del pavimento;  palabras que secretan fórmulas matemáticas para entender dimensiones complejas; palabras que sangra la Historia a través de lienzos palpitantes. Palabras buenas que curan a quien sabe contenerlas, que son musical compañía del ciego o espada flamígera de los justicieros; palabras infantiles pronunciadas torpemente pero con entusiasmo por primera vez; palabras que sellan la última confesión de una vida. Palabras que brotan sin control racional en el desvelo, bajo amnesia de realidad, en los sueños, con el auspicio del colectivo universo; palabras viejas, mantra de repetidas canciones, lanzadas como regalos al despuntar cada año nuevo. Palabras que parecen mentiras porque no desearíamos creerlas; palabras fantasmales que inventamos para construir una realidad alterna; palabras extremas balbuceadas por el enamorado al borde de la entrega dotadas de un momentáneo absoluto; palabras disparadas por el enemigo cuando el odio lo ciega, aunque sean aguijón suicida.  Las palabras manipuladoras del padre cuando necesita al hijo para seguir sus sueños, las tiernas y cálidas de la madre cuando bendice. Las palabras con nudos dobles que entorpecen el abrazo pero que desatadas llevan en sí mismas también la reconciliación. Palabras que encadenan con grilletes culturales, que cambian como las facciones de las nubes al paso del tiempo, y que también desaparecen dejando sólo el rastro de sangre de fanáticos seguidores… Palabras que se guardan en cofres de papel para dejarlas a los hijos cuando no hay más herencia que la espiritual. Palabras vacías que se copian como dibujos en las escuelas de borregos ingenuos. Las gloriosas palabras de iluminados poetas, que generan suspiros profundos y sobresaltos del corazón. Las palabras divinas recitadas por los oficiantes de cultos sagrados, a veces dichas con entonada emoción, otras sólo portando un oculto deseo de poder y una fallida vocación para lo eterno; palabras labradas como cicatrices en la arcilla de una sangrienta edad de bronce;  palabras tan entrañables que la memoria las conserva sin requerir soportes para la escritura. Palabras frecuentadas por Dios en labios de un hombre sencillo. Palabras enterradas con las eras, semillas del pasado, esperando la reconciliación del tiempo.
            La tierra escupe sus palabras a treinta mil latidos sobre el nivel del mar, como un meteoro que regresa a los brazos de su madre.
            Ahora, tú habrás de pronunciarlas, para que se cumpla en tu carne el verso.

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