jueves, 13 de enero de 2011

El mito, primera forma poética...


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Lectura en el Encuentro de Poetas América Madre celebrado en Noviembre de 2010
Ponencia del Congreso ANILIJ
Somos analfabetos del lenguaje simbólico.
Raúl Aceves
Mediante el mito, el mundo no es ya una masa opaca de objetos amontonados arbitrariamente, sino un cosmos viviente, articulado y significativo. Así es como el mundo se revela como lenguaje; así es como el mundo habla al hombre desde su propio ser.
Mircea Eliade


Desde tiempos inmemoriales los mitos sustentan instituciones y estructuras sociales, validan creencias, explican simbólicamente las relaciones de lo manifiesto con lo no manifiesto y construyen el imaginario de una comunidad.
Los mitos revelan al hombre, no sólo el lenguaje de la naturaleza y las voces de su interior, sino mucho del pasado prehistórico que nos habita como un eco. Es posible descubrir, en determinado mito, el origen de ciertas creencias; es posible desentrañar misterios de la condición humana mediante relatos simbólicos, es posible cautivar a una audiencia al relatar las hazañas de héroes y dioses,  porque de algún modo secreto, estos héroes y dioses habitan en lo más profundo de la psique.
Muchos de estos relatos han permanecido ocultos en las arenas del desierto, bajo gruesas capas de tierra, en cavernas de difícil acceso o en pequeñas comunidades ágrafas. Cuando la luz  finalmente ilumina sus mancilladas facciones, los hombres tratan de leer en estas simbólicas crónicas la voz de los orígenes.
Sin embargo, el paso del tiempo ha vuelto enigmático y muchas veces indescifrable el mensaje de estos relatos. A lo largo de mi carrera como docente, me enfrento con el terrible problema del analfabetismo funcional, y dentro del analfabetismo funcional está implícito el limitado bagaje con el que el alumno en la actualidad cuanta para descifrar el símbolo, elemento determinante en la interpretación literaria, presente ya  y en alto grado manifiesta en la primer forma poética creada por el hombre: la mitología.
Pero cómo leer el mundo en su profundidad si nos hemos acostumbrado a su literalidad. Cómo puede penetrarse en el mundo de un poema si los lectores creen que deben seguir las palabras como pistas fieles e inamovibles de una cerrada realidad, en lugar de verlas como las vivientes imágenes de un símbolo onírico.
Atender las imágenes míticas en su literalidad sería tanto como comer de la fruta sólo la cáscara, el mito es la fruta íntegra, difícil muchas veces, como difícil es cuando miramos una manzana ver también la primera manzana, y las semillas que guarda… las semillas se miran luego de haber comido la primer manzana y haber contemplado las primeras semillas, hasta entonces nos es dado ver a través de la cáscara la entraña misma. Así es el mito y su lenguaje, nos habla con fórmulas cercanas e íntimas, con la voz de la semilla.
No es posible hablar del mito sin recurrir a la madre que lo parió: la poesía. El mito como primera forma poética contiene elementos que siguen vivos, sobre todo en los poetas. Sus símbolos, sus formas  evanescentes, sus veladas alusiones, su musicalidad, sus profundos roces íntimos, sus guiños al lenguaje, sus personajes arquetípicos no se desgastan con el tiempo, están siempre presentes en el imaginario colectivo de los hombres y mujeres sensibles. Aún en la esquina de la moderna urbe podemos contemplar a la bella y la bestia antaño Eros y Psique… a Edipo, Electra,  a Cronos y su descendencia,  hijos del tiempo,  engullidos por el acelerado latido de un reloj, a Hefestos, artesano de lo bello en ocultamiento de sus deformidades. Todos ellos presentes y actuales, siempre palpitando en sus las manifestaciones particulares que cada una de las mitologías les dan, repetidos incansablemente  con distintos nombres de un extremo al otro del planeta. Penetrando la tierra como semilla, convertidos en divinidades que el hombre atesora para comprender.
Y sin embargo, a pesar de que milenios (milenios, pues estoy abarcando los años en que el mito se manifestó iconográficamente)  sustentaron las formas míticas como recursos supremos de creación, el hombre moderno caracterizado por el sentimiento de superioridad sobre sus predecesores, ha perdido de vista la hondura contenida en lo que ahora despectivamente llama “cuentos”.
Si esto fuera así, no serían eminencias en el tema quienes señalaran como Campbell lo siguiente:
 La mitología es el lenguaje que utiliza el espíritu para hablar con el sistema del ego sobre todo lo que lo rodea.
¿Podría ser, me pregunto, que la sociedad moderna, confusa ante los términos religión y espiritualidad ha dado en unir su rechazo hacia todo aquello que lo conecte con la religión y de paso con los grandes misterios? La mitología, como señala Campbell, es algo relativo al espíritu, pero esto no tiene que ver sólo con cultos y rituales, formas externas de manifestar una creencia, sino con las formas interiores de las cosas, como dijera Ortega y Gasset: Para nosotros la realidad es lo sensible, lo que ojos y oídos van volcando dentro: hemos sido educados en una edad rencorosa que había laminado el universo y hecho de él una superficie, una pura apariencia. Cuando buscamos la realidad buscamos las apariencias, más el griego entendía por realidad todo lo contrario: real es lo esencial, lo profundo y latente; no la apariencia, sino las fuentes vivas de toda apariencia.  Esto es el mito, no cuentos en su acepción más simple, sino algo mucho más profundo, algo que vive dentro del cuento, sus latencias.
Y así como mucha gente entiende equivocadamente  por poesía una suerte de cancioncilla con empalagosos versos, así sucede en la ignorancia con los mitos. Se cree que son una suerte de cuentos maravillosos, parientes lejanos de la fantasía. Y no…, el mito en su forma más seria, la que todo artista debería conocer y respetar, es una forma de relatar la historia de la prehistoria, es la primera traducción (del lenguaje del mundo a lenguaje humano), hecha por los ojos vírgenes de nuestros antepasado en la atenta contemplación de un universo para el que aún existía el asombro. Y oh, sorpresa, aquellas que para muchos son elucubraciones infantiles y arcaicas de los primeros homo sapiens, sorprenden por su semejanza indiscutible (para quien puede leer símbolos, por supuesto) con lo que la actual ciencia explica: En cosmología física, por ejemplo, la teoría del Big Bang o Teoría de la gran explosión  trata de explicar el origen del Universo y su desarrollo posterior a partir de una singularidad espaciotemporal. Los órficos, en cambio cuentan lo mismo sólo que utilizando el arte como forma de expresión: “la Noche de alas negras, inmóvil e inmutable, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el vientre de la Oscuridad. Eros salió de ese pequeño huevo generando en sus orígenes una caótica expansión que puso el Universo en movimiento”.
¿No son acaso las actuales explicaciones científicas, similares en su función de explicar los misterios de la vida, a la función que cumplían los primeros mitos: explicar al hombre el universo y lo que le rodeaba? ¿No es el presente entonces un mundo que ha cedido el paso de la palabra mítica al de la palabra científica y con ello nos hemos visto privados del gran influjo poético que ésta contenía?
Propuestas, no es posible volver a lo viejo, sería un retroceso; ni tampoco negarlo, o rechazarlo, sería negligencia. Construir el presente con un conocimiento y aceptación plena del pasado, aprendiendo de él significa gestar las nuevas pautas que la sociedad actual requiere. Conocer y comprender el mito en la majestad de su forma prístina ayudaría a contemplar hoy con la misma limpieza que fue contemplado antaño, el mundo.

3 comentarios:

  1. Muy hermoso Yolanda!!!
    Estaba a punto de pedirte que me enviaras el texto, porque aunque te escuché en el Encuentro, quería volver a disfrutarlo.
    Gracias!!!

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  2. Abrazo, Irma. Qué gusto dan estos vínculos!

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  3. Qué habría sido de lo segundo sin lo primero. Me despierta mucha reflexión. Gracias por compartir.

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